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LA MISMA MUJER

                                

 Por Jorge Garrido    

No sabía si había llegado a disparar el golpe de la aldaba y si mi amiga debía salir en cualquier momento por el balcón a lanzarme la llave para que subiera como hacía todos los días cuando la visitaba, sin faltas, como un maldito varón tras su cuerpo quemante.      No puede ser ella, dije finalmente sin decidirme a descargar de entre mis dedos el picaporte de la puerta de la casa de Estela. ¡No puede ser ella, por Dios! Tantos años después.     Mas, aquella mujer estaba detenida ante mí, a cinco metros de distancia, mientras el gentío interfería mi vista, una y otra vez, sin dejarme observarla completamente. Lo que advertía era solo su silueta. La misma silueta que no me dejó dormir apaciblemente, durante seis meses interminables, 15 años atrás, después que la descubriera aquella noche de fantasía pura, irrepetible atravesando el barrio de Copacabana, cuando quise franquear la arena de la playa y mojarme los pies de madrugada. Entonces, había llegado a pensar que Río de Janeiro era la ciudad más bella del mundo y que había dado en aquel sitio con la mujer más excitante del planeta.    Mas, yo no sabía si había llegado a dar el primer aldabonazo en la puerta de la casa de Estela. Al menos, el primer toque,  retumbante, antes del segundo y el tercero, como me gustaba hacer, para que ella me escuchara en la planta más arriba y desde el fondo de aquella morada cargada siempre de un misterio especial,  y tampoco sabía si la muchacha, de haberme escuchado, podría salir en cualquier momento para dejarme entrar. Lo que me cruzó por la mente fue detenerlo todo, el toque, la aldaba en el aire, mis manos, mis ojos, mis deseos rutinarios de Estela, aquel cuerpo lleno de excitaciones y aquella carne expansiva, y aquellos ojos jugosos, lleno de maldades sanas y vituperantes.     No puede ser, ¡Por Dios! No puede ser ella la que tengo plantada delante de mí. Y aún tenía una de mis manos sujetando el picaporte. Mas, aquella mujer estaba ahí, mirando detrás de la vidriera. No sé qué cosa pudiera estar mirando. No había nada especial que pudiera robar su atención. Estaría contemplándose ella misma, el reflejo de la luz, algún detalle de su vestido, quizás de su cuerpo. Los cabellos, probablemente. Los labios, quizás. ¿Los ojos? Pudieran ser sus ojos. Es ella, claro, es ella, Copacabana, la arena, los ojos ingobernables, esa nobleza en su expresión, aquella caderas tan armónicas, los pies desnudos revolviendo la arena, destapándose los senos en el agua para que los contemplara bajo su sonrisa y los pequeños rayos de la luz de la luna, al tiempo que deslizaba su lúdica sonrisa,  y aquellas manos que me acariciaban con tanta dulzura. No, Isabel, no eres tú. No puede ser. Aquel final trágico, misterioso. Nunca llegaré a saber lo que realmente sucedió hace 15 años. Pero aún recuerdo su silueta para no verla más perdiéndose entre la multitud del barrio de Copacabana. Después, sobrevino el desastre que no pudimos manejar.    Entonces ella dio vueltas. Yo estaba, realmente, a cinco metros de distancia, sin que, en ese justo momento, por fortuna, alguna persona se atravesara entre nosotros. Ella advirtió de pronto que la estaba contemplando, quizás con mis ojos sorprendidos, y que parecía un hombre infructuoso con la aldaba entre mis manos sin saber si la había soltado alguna vez y si debía soltarla nuevamente o dejar que Estela no apareciera en el balcón. La mujer entonces alisó el vestido, dio medio giro a su cuerpo, y volvió a fijarse en mí. Debía estar sorprendida de mi expectación.  La miraba, seguramente, como si estuviera mirando un fantasma. Fue entonces cuando sucedió lo peor. Hizo aquel mínimo gesto, un pequeño gesto y dejó escurrir aquella sonrisa inefable. Los ojos brillaron de una picardía llena de sagacidad y cierto desafío.     ¿Qué es?, pregunté. ¿Qué quieren decir esos ojos? Sus labios hicieron fugazmente un pequeño movimiento junto al brillo de sus pupilas y su rostro varió como un relámpago. Luego, todo se puso en orden, y la mujer volteó la mirada.    Es ella, creo que dije en voz alta. Es ella, murmuré. Los ojos no me podían engañar. Aquel gesto era el mismo.  ¿Qué quiere decir? ¿Picardía? ¿Lucidez? ¿Erotismo?  Es la misma luz.     En ese momento alguien tropezó conmigo. Mi cuerpo saltó ligeramente hacia un lado. Me había distraído. Estaba en medio del camino y quizás me había movido unos centímetros y probablemente había soltado el picaporte. El gentío sin detenerse comenzó a devorarme. Me había convertido en un obstáculo.  Una pareja de mestizos casi me rozó en su avance y me miró intrigado. Yo seguía estático, pero ella había empezado a andar. Se me escapaba y yo aún sin haber reaccionado. Llevaba aquel vestido verde, transparente, y advertí la manera rítmica, desafiante del movimiento de sus caderas. Era elegancia pura. Y luego su marcha, segura, definida, entre la muchedumbre que recorría sin rumbo fijo pero siempre hacia el mar la calle Galiano en el centro de la ciudad.     Se me escapaba. ¿Isabel? ¿Eres tú o es que te pareces tanto? ¿O cómo te llamas? ¿Qué sucedió realmente amor mío? ¿Qué sucedió aquella tarde hace 15 años?    Estela me estaría esperando allá arriba. Probablemente enojada, con el almuerzo dispuesto, llameante aún, y yo retrasado. Un fricasé de carnero, me dijo, con muchas papas, te voy a hacer, y mucha salsa, mi amor, mucha salsa como te gusta, y te vas a chupar los dedos, mi amorcito, te los vas a chupar, y lo voy a cargar de picante, mi ángel, que vamos a sentir luego, no sabes lo que vamos a sentirnos. Sí, Estela, voy. Temprano, mi amor, temprano, que siempre llegas tarde y te enredas fácilmente. No vayas a casa de Aníbal, te pones a tomar cerveza y te retrasas, anda, ven temprano, mi ángel, vamos a comer y después nadie sabe lo que va a pasar.  Te tocaré con mis pies desnudos por debajo de la mesa mientras comes. No voy a dejar que te distraigas, te voy a calentar lentamente, mi amor mientras te comes el fricasé con picante.  Y luego nos corremos hasta la cama, mi ángel. ¿Eh. Es rico, ¿verdad, mi amor? Es rico hacer eso cuando no se debe hacer, ¿verdad? Como si uno quisiera y no quisiera hacerlo porque se te van las cosas de entre las manos y te enredas, y nos desnudamos a medias, y ya está, así, ya está y no puedes darle atrás, y se te va la vida, ¿verdad, mi amor? ¿Verdad? Y después dormimos, largamente, el almuerzo y el cansancio, mi amor, dormimos, y cuando nos despertemos vamos al cine. ¿Te parece?    No se me puede ir, no, de ninguna manera. Estela, no había aparecido, será, entonces, que nunca llegué a descargar el picaporte, lo dejé entre mis manos cuando la vi a ella. Era su silueta, claro, su silueta, lo primero que advertí. Y luego aquel vestido verde, las caderas, deben haber sido las caderas, y sus piernas, delgadas, me gustan delgadas. Y finalmente, los ojos. No lo esperaba. La fui descubriendo entre rafagazos, porque la gente se interponía y no me permitía observarla completamente. Hasta que nadie estuvo delante, y vi sus ojos, y soltó aquel gesto, mezcló la picardía con la mirada, la mirada con la perspicacia, la perspicacia con cierta lujuria, y la misma mirada que nunca entendí, y por eso me gustaba la mirada de Isabel, y aquellos labios haciendo como un ligero movimiento como una pequeña ola. Y pam, todo se fue. Fugazmente. Ahora, rememoraba aquella tarde cuando fue la última vez que la vi antes que sucediera la tragedia en aquel Rio de Janeiro triste y lleno de amor al que no quisiera volver más.     Pero estaba ahora en La Habana, 15 años después, y aquella mirada venía de otra persona, o de la misma persona, y esa persona me volvía a hipnotizar como lo hizo Isabel aquella madrugada en la playa de Copacabana. Era ella, probablemente ella.  Pero ahora se me escapaba.  Era Isabel, 15 años sin envejecer.  La han congelado, ¡Por Dios! Es la misma. ¿Cómo puede ser! ¿Cómo puede mantenerse así? ¿Una hija? No, no puede tener esa edad. Se me escapa. ¿Y Estela? ¿Me habrá escuchado Estela? ¿Habré dado el aldabonazo, finalmente?    No me dispuse a hacerlo, fue un robot quien actuó dentro de mí. Estaba marchando, buscándola entre el gentío, abriéndome paso, y creo que así, apartando a la gente,  llegué a escuchar una voz lejana. ¡Pablo! ¡Pablo!, repitió y me lanzó la descarga en la espalda, atravesó la muchedumbre y llegó la voz hasta mi cuerpo. Sí, puede haber sido Estela. Al final, Salió al balcón, al final, había escuchado siempre mis aldabonazos. Estaría ocupada hasta ese momento. ¿Podría haber sido ella? Ahora, sí, se enojaría. ¿Cómo le voy a contar que vi a Isabel? ¿Isabel? Imagino su cara iracunda. ¿Quién es Isabel? Te has vuelto loco. Copacabana, amor, Copacabana, el barrio de Copacabana, la playa, la arena, aquella noche, el festival de cine, hace 15 años. Yo estaba cubriendo las noticias del festival de cine, mi amor, y me quise ir de noche a bañarme a la playa, dejé el hotel, sí, había tomado muchas cervezas, mi amor, y dejé el hotel, y me fui a la playa, sin  camisa, descalzo, y atravesé la arena, mi amor.    Sentí un codazo, dos mujeres cargadas de bolsas después de haber comprado en La Epoca, me empujaban parque las dejara atravesar la céntrica calle.  Ella estaba entre un pelotón de gente cruzando Neptuno. Era ella, otra vez. No la había dejado que se me perdiera. Quizás tome un auto ahora. La voy a seguir. Tomaré otro. No, no, así no, puede escabullirse con el tránsito. ¿Qué hará ella, Dios mío? La voy a seguir hasta el final. Estela tienes que esperar, el fricasé, la excitación la cama, envueltos juntos, la siesta, el cine, mi amor. Tienes que esperarlo todo. Isabel está ahí. O es un fantasma. Te imaginas, Estela, te imaginas que Isabel aparezca y no me deje dormir en seis meses y me torture mi vida, nuevamente, y me convierta en un ripio de hombre. No voy a servir para nada, mi amor. Ni tus caderas ni tus pechos me salvarían. No, Estela, no, que espere el fricasé.    Ella seguía andando, marchaba al parecer con rumbo fijo. Ya habíamos avanzando unas cuatro calles. La seguía a unos diez metros, a veces 15, otras hasta cinco metros. No debe verme, si no tendré que decidir si abordarla o dejarla ir. ¿Eres Isabel?, le tendré que preguntar. Puede armar un escándalo. La estoy siguiendo, ¿no? Mejor, marco la distancia. Ah, Estela, ¿cómo estarás ahora? Echando fuego, mi amor.    Sigue avanzando. ¿Hasta dónde va a pie? ¿Qué haces, mujer? ¿Dónde vives? No sé qué puedo encontrarme. Cualquier cosa. Tampoco sé qué clase de mujer es. ¿Cómo es su vida? ¿Dónde residirá? ‘Tiene otro hombre? No me parece por su mirada. Es como si las cosas le resbalaran. ¿Verdad? ¿Quién eres, muchacha? ¿Isabel, acaso?    Seis calles, diez, cuatro más, y yo seguía andando. Su silueta avanzaba sin detenerse. Aquel vestido verde. ¿Cómo será su cuerpo debajo de aquel vestido? Sus caderas deben ser de oro. Debe tener una desnudez muy bella. Aquellos ojos haciendo el amor. Isabel, tú eras perfecta, ¿verdad mi vida? ¿Verdad que lo eras? Me gustaba cuando gemías debajo de mí a veces, cuando llorabas de pasión y dolor y placer.  Sollozabas como una niña, mi amor.    Repentinamente, dobló a la derecha. Calle Infanta. La Universidad de La  Habana se ve ya a poca distancia. Unos metros más. Hay que subir, mujer, Isabel ?Isabel hacia dónde vas? Seguía avanzando sin detenerse. Cruzó San Lázaro. Más y más. Yo detrás. Hasta la avenida 23.  Viró recto hacia el mar.  ¿A dónde vas, mujer?  Es el malecón. ¡El malecón! Lo tienes delante. Es un muro que contiene las olas, muchacha. No te vayas a sentar encima del murallón. Hace sol, Isabel.  ¡Por Dios! Hace sol. ¿Qué vas a hacer? Está cayendo la tarde, pero aún hay sol en La Habana. Quemante, pegajoso. Dobló hacia la izquierda. Y siguió avanzando paralelo al mar. Menos mal que siguió adelante. Ahora avanzaba.     La vi acercarse a un edificio. Unas calles más adelante. Frente al mar. Llegué hasta unos diez metros. Si entra, pensé. No la veré más. Isabel no te veré más. Tendré que volver donde Estela, con su fricasé abandonado, y todas sus exigencias. ¿Vas a subir, mujer? Ella miró atrás. Creo que me vio. No, no pudo ser. ¿Me habrá visto? Me habrá identificado. Se detuvo un instante. Buscaba algo con la vista. ¿Sabrá que la sigo? ¿Me habrá estado observando todo el tiempo? Me habrá obligado a seguirla? ¿? Estará jugando conmigo? No, Isabel no eres así, siempre fuiste misteriosa, desafiante, excitante, pero nunca vanidosa ni cruel. Sufriste, amor, verdad que sufriste con todo lo que pasó. Pudo evitarse, quizás, ¿verdad? Pudo evitarse si aquella tarde no hubiera sucedido lo que sucedió. Fue una casualidad, amor. Algo injusto. ¿Cierto?    Entonces, la muchacha paseó mi vista muy cerca de mí. No pude esconderme. Que me vea, dije en voz alta. Que me vea, ya es mejor, si se va a perder. ¿En cuál piso vive? Hay muchos apartamentos en ese edificio. Con tal de que sea su casa. Tengo que saberlo.   Entró de repente. Como si quisiera perderse. Vi su figura esfumarse edificio adentro. ¿Esperaba algo? Vigilaba a alguien. Temía por su vida.  Oh, Isabel, en qué nuevo enbrollo estarás metida mi amor. Si eres tú. Si te has mantenido tan bien todos estos años. Si te has mudado a La Habana. Me hubieras buscado, ¿verdad? No, cómo hubieras dado conmigo. Quizás hubiera sido muy difícil. Había entrado. ¿Qué hago? Llegué hasta la puerta. Debe haber un ascensor. Un edificio de lujo en medio de una Habana que se cae a pedazos. Un edificio de los años 50 del siglo pasado. Nuevo, eh, totalmente nuevo, para una ciudad que no se ha vivificado arquitectónicamente en medio siglo.    Debo entrar, averiguar quién es, dónde vive. Ya debe estar dentro de su apartamento. El ascensor debe haberla llevado. Me decidí a hacer algo.    El portero me detuvo. ¿Qué desea compañero? Bostezaba. Con los pies cruzados sentado encima de una silla vieja y despintada. Nada, compañero, nada, quería saber…. ¿Qué quería saber? Si esta persona que subió que se parece a una amiga mía que vi una vez hace muchos años en una playa en Río de Janeiro y que se me parece tanto… ¿Qué quiere saber, exactamente, compañero? Hábleme claro. Qué quién es. ¿Quién es? ¿Qué va a ser usted? Nada, compañero, nada, saber su nombre. ¿Su nombre? No lo sé, no lo sé, ¿yo no puedo decir nombres así como así? Claro, claro, comprendo. Pero, ¿en que piso vive? No puedo decirle. No es para nada malo, compañero, es solo para saber si es la misma, si debo verla, reconocerla, preguntarle. A lo mejor es su hija. ¿Su hija? ¿Hija de quién? De la que conocí, quiero decir. Ah, sí, claro. Y ¿quién es usted? Un amigo de aquella persona. Soy escritor, compañero, soy escritor. Escritor… Quiere escribir.  En este caso, no, quiero saber si es la misma persona. Solo le pido eso, compañero, una mínima cosa. No le puedo dar el nombre, pregúntaselo a ella. ¿El piso? El piso donde vive. ¿El piso? El hombre estaba mirándome con aquellos ojos asustados y debe haber advertido la desesperación en mi rostro. ¿Se llama Isabel, compañero? No sé, fue la respuesta y entonces ya no me miraba. Estaba quizás mostrando la compasión de su alma, pero a la vez la lógica desconfianza de toda persona, sobre todo un portero. Solo donde vive, por favor, solo donde vive. Pensé que mi voz ahora estaría despertando más sospechas que nunca. El hombre estaba aguantado la respiración, pero en el último momento debió dejarse llevar por sus instintos. A lo mejor fue un lobo de amor en sus años mozos.  Un momento de fragilidad varonil y ya.    –En el último piso, compañero.    Su voz salió desgranada, hecha añicos. Como un alud que no tiene vuelta atrás, barranco abajo.      Ya no puedo hacer nada por evitar lo que dije, debió haber pensado el portero en ese instante.   Fin(Madrugada del domingo 21 de mayo, 2006)  

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1 comentario

tertylele -

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